Adoraría que el fútbol de hoy en día fuera como el mayo francés con “la imaginación al poder”, pero lamentablemente en esta Copa América se vive todo lo contrario. Y encima, por ejemplo, si uno osa criticar al estilo de juego del Uruguay finalista, hay que bancarse que te salten a la yugular no sólo los resultadistas sino también otros que se paran en el medio de la calle sin querer jugársela en ninguna de las dos veredas.
Antes de que salgan a matarme en los comentarios aquellos que desearían que la Selección Argentina dejara todo en la cancha como lo hace históricamente Uruguay, voy a reconocer que el Maestro Tabárez armó un equipo serio, solidario, difícil para cualquiera, con buena defensa y gran capacidad aérea en ataque, más dos delanteros de jerarquía: Luis Suárez (el mejor jugador de la Copa) y Forlán. Ahora, pregunto, ¿por qué me tiene que gustar como juega Uruguay? ¿O por qué debería ser el espejo donde debería mirarse la Argentina según nos bombardea estos días la mayoría de las periodistas de los medios más poderosos?
Yo no quiero en el mediocampo a un doble cinco con dos Mascheranos (eso son Diego Pérez y Arévalo Ríos), tampoco un 8 con marca y sin desborde como Alvaro González. Menos deseo ver en el banco a un enganche como Lodeiro y que Forlán deba bajar todo el tiempo porque la pelota no le llega al pie. Ah, no, cierto, eso sólo se ve cuando lo hace Messi. No quiero un carrilero por izquierda como Alvaro Pereira que termina la gran mayoría de sus jugadas en centros a la olla. O que el 9 imite a Suárez en tener que salir sistemáticamente del área a buscar esas faltas que derivan en esos tiros libres-centros de Forlán que son medio gol.
Si elogio a Uruguay, a Paraguay, a Venezuela, a Perú o a Colombia por sus actuaciones en este torneo iría a contramano de como siento el fútbol. Con sus gruesos errores, prefiero quedarme con Argentina que no le ganó al GRAN Uruguay porque Muslera atajó no sólo con las manos, sino también hasta con los pies. Me quedo con Brasil que goleó en el juego a Paraguay, pero chocó con un Justo Villar que debe haber tenido el mejor partido de su carrera. O con Chile, que si bien no se encontró con otro arquero Supermán ante Venezuela, sí tuvo al travesaño y a los palos como enemigos.
Defender y contragolpear es lo más fácil en el fútbol. Lo díficil es tener “el poder de la imaginación” para atacar a esos equipos que esperan con dos líneas de cuatro y a los que no les interesa siquiera tener la pelota. Y basta con ese chamuyo de que están obligados a jugar así porque no tienen las mismas figuras que Argentina o Brasil. Lo hacen por conveniencia y por falta de grandeza (aunque paradójicamente los alaben en general). Yo no quiero cantar en la cancha “hay que poner más huevo”, sino “hay que poner más juego”.
Los que ya pasamos la barrera de los cuarenta y creemos en una identidad de fútbol como juego asociado hasta en las selecciones de menores semilleros, vamos a defender a ese Perú de los 70 y hasta mediados de los 80. O a esa Colombia de fines de 80 a mitad de los 90. Esos equipos se enamoraban de la pelota, jugaban de igual a igual y hasta hicieron hocicar algunas veces a Argentina y Brasil. A los que extrañamos esos equipos chicos con dignidad futbolera bien entendida, nos va a doler en el alma que sea Uruguay o Paraguay los que levanten la Copa el domingo en nuestra propia cara.

