La posesión de la pelota es el anhelo de todo entrenador. No debe existir en el planeta fútbol un técnico que, teniendo los jugadores, desprecie la tenencia, porque la misma está directamente relacionada con el dominio. Después están las formas, la astucia, la audacia y los miedos de cada uno de los libretos. Pero a esta premisa hay que sumarle profundidad.
Esto es lo que le pasa a la idea de Batista en la Selección. Solo cumple con una parte del libreto. Se logra un alto porcentaje de posesión, pero el equipo -tal como sucedía bajo la dirección de Diego Maradona- sigue dependiendo exclusivamente de lo que pueda generar Lionel Messi.
Cargar semejante tarea en un solo jugador es un error, y también es un error armar un equipo para Messi en lugar de armar un equipo. Teniendo un buen funcionamiento colectivo, está demostrado que Messi es capaz de aniquilar a sus rivales. Es saludable la propuesta de cuidar la pelota, pero el objetivo de máxima es hacer goles. Así se ganan los partidos y los Mundiales. Y esto no tiene nada que ver con justificar los medios.
En el partido con Estados Unidos hubo, por primera vez, un acercamiento entre el discurso del entrenador y lo generado por el equipo en el campo de juego. Sin embargo, nuevamente las situaciones se generaron solamente cuando el fenómeno del Barcelona aceleró para sacudir una excesiva lateralidad de balón.
Batista se mira en el espejo del Barcelona, pero la imagen que proyecta es muy diferente. En el equipo de Guardiola, Messi no solo gambetea y define, sino que muchas veces es utilizado de anzuelo para llevarse la marca. Así, “La Pulga” genera los espacios para Villa, Pedro, Iniesta y o Dani Alves.
Además, el Barsa entretiene la pelota para luego desestabilizar con la velocidad no de un solo jugador, sino de todo el bloque de ataque que permanentemente acompaña y se muestra como opción de descarga. En la Selección de Batista, en cambio, los únicos que aprovechan el magnetismo que genera Lio en los rivales son Ángel Di María y Gonzalo Higuaín antes de su lesión. El resto suele parecerse más a un espectador de lujo del crack rosarino que al actor de reparto que toda estrella necesita para lucirse.
La superpoblación de jugadores con características similares (Mascherano, Cambiasso y Banega, o sus reemplazantes: Bolatti, Biglia y Gago) está conspirando con la idea de control de pelota. Se necesita dinámica sin que esto signifique vértigo desordenado. El equipo debe ser una amenaza latente por todos los flancos para evitar ser previsible. Para que Messi -o cualquier otro delantero- quede mano a mano en alguna ocasión, hay que distraer a la defensa.
Se tiene materia prima para llevar esta idea a cabo. Sin embargo, por ahora, el discurso convence más que el rendimiento. El exitismo mediático se encendió con solo 45 minutos de buen trato de pelota contra Estados Unidos, pero los ataques otra vez quedaron bajo la responsabilidad de Messi.
No hay que pasar por alto que se jugó aceptable un tiempo ante Estados Unidos y, ante Costa Rica, el equipo no supo qué hacer sin Messi. Mejor dicho, no hubo equipo. Esto debe ser un alerta para Batista, porque en el Mundial se choca con grandes de verdad, como Alemania, capaces de armar un cerrojo para bloquear a Messi. Y si la única carta es el as de espadas, seguramente se pierda la mano.
