“Por favor, permítanme que me presente”, arranca Mick Jagger haciendo alusión al diablo en la letra del temazo Simpatía por el Demonio de los aún vivos, pero ya inmortales Rolling Stones. En esa misma canción, sigue con “espero que adivines mi nombre. Es la naturaleza de mi juego”. Y esto es lo que me lleva a congeniar a Jagger con Sergio Batista dadas estas falsas y decepcionantes actuaciones de la Selección Argentina en la Copa América. Es que si bien es fácil adivinar el nombre, lo difícil es comprender la naturaleza del juego del team del Checho.
Es que Messi llegó como el dios del fútbol y ya está más cerca del diablo para aquellos que quieren que sea el Maradona del 86 o el mismo Messi del Barcelona en cada partido. E insisto que el problema no es de Messi si no de quien le da de comer. En este caso, de Batista y los lugartenientes que les pone al lado en la cancha. No soy necio, Messi jugó bastante mal ante Colombia. Tan mal como el resto a excepción de Chiquito Romero (y Zabaleta), que a esta altura por suerte, lo que hace chiquito es a su arco.
Ayer, como no trabajé en el diario, me di el gusto de ir con mi viejo a ver el partido en el restaurant-bodegón Al Horno de mi amigo Norman en Palermo chic. Vale el chivazo porque si bien es un reducto de los ahora denominados “cool”, es también bizarro a veces y lo conjuga con el alma de barrio y los códigos que Norman mamó en Boedo (aunque sea un renegado hincha de Boca), por más que sus habituales comensales suelan ser de la fauna actoral o musical de Buenos Aires.
Así, entre la trouppe de esos famosos no tan famosos que rodean a Marcelo Tinelli copando una mesa larga y alguna que otra vedette mediática que tuvo sus quince minutos de fama en la época del jarrón de Guillote Cóppola, vi a la Selección mientras me manducaba un guiso de lentejas como Dios manda. La gente (o los famosos) veía el partido, pero también se veían a ellos mismos (algo que al parecer les encanta), ya que se paraban, vociferaban y caminaban por el lugar. A mi viejo lo despaché de movida, con la inestimable ayuda de Norman a una mesa bien cerca de la pantalla, y me quedé solo sentado en una mesa más atrás de un salón que desbordaba.
Las imágenes que venían desde el proyector entre chorizo colorado, panceta, papas y lentejas, me devolvían más rápido al apetitoso plato. Es que había muy poco para rescatar e interesarse ya que ni siquiera Messi y menos Tevez o Lavezzi rompían con esa monotonía de chocar y olvidarse de las sociedades futbolísticas necesarias para doblegar a un equipo dispuesto a contragolpear. Sus Satánicas Majestades son una sinfonía desafinada de solistas. Agradezcamos que el Bolillo Gómez haya mantenido el sumo respeto a tanta estrella hasta el final y sólo decidió meter a Teófilo Guttiérrez a dos minutos del cierre y cuando ya había bajado la persiana sacando a Falcao.
Mientras, Norman, que no dejó de pasear su voluminosa figura por todo el local, se sienta un rato al lado mío en el entretiempo y me consulta en una mezcla de queja e incompresión cuál es mi impresión sobre Messi. “Me tienen podrido comparándolo con el Diego. No dudo de que el pibe es el mejor del mundo, pero no tiene la sangre de Maradona”, me tira casi sin esperar respuesta y con su habitual vaso de whisky en la mano. Y ahora reflexiono sobre que lo que me dijo, debe ser lo mismo que piensa la mayoría de los argentinos por estos días.
Entonces, en ese segundo tiempo, donde se escuchaban los insultos que los hinchas en el estadio de Santa Fe le dedicaban decepcionados a sus Majestades Satánicas, me dediqué más a hablar con una pareja de cordobeses de la mesa de al lado que parecía les interesaba un poco más que un bledo el partido. Divagamos sobre la Mona Giménez, los asados que se comen sin parar esos “culeados”, los lugares preciosos que hay en Córdoba y mientras Colombia se comía un gol que lo hacía hasta Norman con sus más de 100 kilos.
Me fui pensando que para mí, pese a todo, Messi sigue siendo el dios futbolístico y no el diablo. Y Messi, por una noche es Norman. La respuesta de cabecera de mi amigo ante la pregunta habitual de ¿como andás? es “cansado de triunfar”. Otra de sus frases fetiches es “dejameeeeee en paz”. Las mismas que probablemente le puedan estar haciendo ruido por la cabeza al mismísimo Messi en estas horas.

