Ojalá que los verdaderos protagonistas -jugadores y entrenadores- hayan brindado el 24 a la noche pidiendo el mismo deseo: dar algo de espectáculo en el fútbol argentino. Después de que nos entregaron uno de los peores torneos de la historia, es lo mínimo que podrían intentar para saldar la deuda. Y no me digan que no se puede porque ya no hay el material de antaño. Todavía hay jugadores con buenas intenciones.
Crecí viendo fútbol en los ochenta. Ahí, todos los equipos tenían dos volantes creativos y dos o hasta tres delanteros. Entonces, River tenía a Francescoli y Alonso, Independiente a Bochini y Burruchaga, Boca a Rinaldi y Tapia, San Lorenzo a la misma Chancha y Husillos, Racing a Rubén Paz y Colombatti. Y la lista de buenos delanteros era interminable: Caniggia, Borghi, Funes, Alzamendi, Morresi, Gareca, Márcico, el Toti Iglesias, Comas, Graciani, Perazzo, Amuchástegui, Rubens Navarro, Percudani, Barberón.
En los noventa, tras los éxitos de Bilardo en la Selección, empezó el cambio. Chau a los wines. Tampoco el doble enganche. Apenas quedaban los diez: Maradona (en Boca), Silas, Gorosito, Capria, Garnero, Ortega, Gallardo, Leo Rodríguez, Aimar, Riquelme, Hugo Moralez, Ibagaza. Empezaron los equipos con tres centrales y carrileros. También los que armaban un ataque con apenas un punta y un mediapunta. Decían que así era el fútbol moderno.
Igual, hasta finales de los 90 se pudieron ver buenos torneos y grandes equipos con el River de Ramón Díaz a la cabeza. Todavía dirigían en nuestro fútbol doméstico Menotti, Cappa, Basile, Bielsa, Angel Zoff, el Bambino Veira, Brindisi, Bianchi, hasta Griguol hizo jugar bien al Gimnasia de los Schelotto, Márcico y Albornoz. Empezaba la era exitosa del Virrey en Boca. La era del pragmatismo.
La década del 2000 nos trajo el doble cinco que empezó a comerse al enganche. Cada vez menos equipos tenían a un diez tradicional en sus formaciones. Nos mintieron con que el que no corre y marca no puede jugar en el fútbol actual. Y así llegó el momento de los buenos equipos sólidos, pero sin brillo. Boca, Vélez y Estudiantes fueron los abanderados del cambio. Apenas los San Lorenzo y River de Manuel Pellegrini intentaron salirse del molde. El único que en verdad revolucionó y pateó el tablero fue el Huracán de Cappa del 2009. Pero ni siquiera salió campeón. Claro, lo fue el sólido y utilitario Vélez de Gareca.
Ahora comenzó una década brava: la del catenaccio y eso que estamos lejos de Italia. La prioridad de la mayoría de los equipos es defender y llegar a conseguir el resultado aprovechando el error del adversario. Ya no dirigen Menotti, Cappa, Bielsa, Veira, Pellegrini y Bianchi. Sigue un Ramón que se acomodó al pragmatismo y por suerte parece que vuelve Basile. Ya casi no salen números diez de las inferiores y los mediocampos hasta se arman con cuatro corredores-metedores. Todo negativo, pero la esperanza es lo último que se pierde. Porque sino tendremos que dedicarnos a ver básquet, rugby o tenis.


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